La depravación de la clase política en épocas electorales

El mundo cambia, las sociedades evolucionan y Argentina no es la excepción, solo que aquí el cambio no es necesariamente positivo. La realidad política que se observa en los  últimos tiempos, refleja la imagen de una sociedad que inexorablemente está cada vez más sumisa, que acepta lo que le imponen sin reparos ni condiciones. La sensación subyacente es la subestimación, una clara falta de respeto al votante, pero aún así asumida y acatada por la gente, con la mansedumbre propia de una majada de ovejas. Pero, como la moneda tiene dos caras, ahí tenemos  la “casta política”, la nueva burguesía Argentina, cada vez más atrevida, más descarada, que no se esfuerza por ocultar la manera desproporcionada que acumulan riqueza, ni mucho menos sus reales intereses, o sus más oscuros pensamientos.

El prestigio y la trayectoria parecen activos devaluados, no importa lo que se dijo hace unos meses, ni siquiera hace unas semanas, tampoco la historia política. Los candidatos de hoy, como un virus que evolucionó adquiriendo resistencia, parecen estar inmunes a eso que años atrás era equivalente a una lápida política. No es raro escuchar declaraciones de las que luego se desdicen, o se disculpan dejando de manifiesto ignorancia, improvisación y falta de asesoramiento; de nuevo el desprecio por la opinión pública. En estos días los candidatos hacen gala de irascibilidad, falta de empatía, poca paciencia y mal humor, que generalmente tratan de ser maquilladas por los equipos de campaña. Lo novedoso es que lo hacen en el periodo eleccionario, cosa impensada años atrás.

Como contracara están los votantes, el pueblo llano, que de alguna manera se las arregla para poder digerir este plato, que los gobernantes les sirven sin ponerse colorados. Pero, ¿cuál es el límite? O, más preocupante todavía: ¿hay límite? Hasta el momento parece que no, la marca se sigue corriendo y nadie dice basta. Hoy el votante, cual ganado, es llevado al brete para votar por un candidato, no por el que le gustaría, sino por el que menos le revuelve el estómago.

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